Una historia de amor empieza por un pequeño detalle insignificante que lo cambia todo:

Una foto que te enseñan de alguien; un momento en que te cruzas con él y le miras a los ojos; un olor que te llega hasta dentro del todo; un comentario valiente que te dicen; un gesto que te hace gracia; el tono de voz; unas manos que te acarician… todo vale, y por absurdo que parezca, ese detalle minúsculo, que pasa desapercibido, es en realidad una bomba que estalla en el curso de tu vida y tu memoria y no hay marcha atrás.

“Mira, éste es mi nuevo jefe”_ Me dijo mi hermana enseñándome una foto en su móvil. He de decir que el hombre impresionante de la foto no es que me provocara rechazo, porque siempre es agradable un chico guapo, pero me dió muuuucho coraje. El tipo parecía un anuncio de perfume de Dolce&Gabbana en la Costa Amalfitana: macho, moreno, heterosexual, bronceado, cuerpo esculpido, camisa de lino desabrochada hasta el pecho, gafas de sol perfectas, nariz persa, barba y pelo muy cuidados, labios, boca, piernas, brazos, todo en su sitio. Y soltero. Todo en orden.

Y pensé: ­_ “qué rollazo gustarse tanto, tiene que ser insoportable estar a su lado, pobrecito”. Y lo digo con todo el cariño del mundo, porque ya de fábrica, descartamos con desprecio al que sabes que te va a destrozar, y nos quedamos sin conocerlo si quiera, con aquél que podrías descansar toda una vida, ya vaya a ser tu amigo del alma, tu asesor fiscal, el camarero que te pone el café todos los días, o el jefe de mi hermana.

Y a mí que-quiero-que-me-quieran, me gusta un hombre normal, porque los de anuncio, no son buenos, hacen más daño, dan mucha guerra y al final, tampoco es para tanto…

Pero con todo y con eso, un año después del primer impacto al enseñarme una foto suya en un teléfono, me volvió a hablar del mismo hombre anuncio la misma hermana, la única que tengo, la que se encargó de a recoger los pedazos de mí con una sola frase: _ “no te preocupes, que tengo al hombre ideal para tí, es igual de psicópata y perfeccionista que tú, igual de escrupuloso y soberbio, os gustan las mismas gilipolleces”. “Es perfecto”.

Y aquello llamó mi atención; saber que hay alguien raro como tú despertó mi curiosidad y empecé a imaginarme a mi hombre perfecto que no tenía ni pasado, ni defectos, daba igual. Era más la necesidad de tener a alguien en tu cabeza a que fuera de carne y hueso. Y desde el desconocimiento más profundo hasta le cogí cariño.

Y lo apunté en una lista imaginaria de posibles para el duro invierno. Porque el invierno siempre es duro te pongas lo que te pongas, y tarde o temprano te acuerdas de lo sola que estás y del fango de mamarrachos sueltos, y del vértigo que da encontrar a alguien que te haga feliz, como si la felicidad fuera eso…

Y sin quererlo, fui conociendo más detalles del hombre perfecto, su profesión, su capacidad de trabajo, de liderazgo, sus trajes de chaqueta conjuntados, sus brazos supermusculados, su talla de camisa, el suavizante que utiliza, los artículos que lee, los platos que cocina, los vídeos que le emocionan, su nobleza, la querencia hacia su familia.

Y sigo escribiendo, porque, mi hermana es demoledora y cada vez que nos veíamos sin tregua me vendía como una gotera más bondades del artículo hasta que, un buen día, el hombre anuncio detuvo su agenda para hacerme una visita. Se presentó en mi trabajo sin avisar para analizar cada instante de mí, y `horror´ puntuarme. _“Hola, ¿tú eres Sabi?” _ me preguntó apuntándome con su barba y su mirada láser, enfundada en sus Ray-ban a lo George Michael en Wham!, radiografiándome toda la cara.

Atónita me quedé, me limité a observarle y a encajar el golpe como pude y no es para menos. Un año entero oyendo hablar de un tipo hasta que lo tienes delante de ti y por sorpresa no es fácil.

Todo transcurrió muy deprisa, me pareció cercano, con mucha cara, con un toque macarra y me dieron ganas de darle un guantazo por haber cruzado, pero me dejó con las ganas. Se marchó por donde vino, y le juré venganza.

Después de aquello, mi hermana me perdió el respeto y aprovechó cada ocasión para contarme las novedades del hombre anuncio que me puntúa: que si las gotas de melatonina que toma para dormir, que si soñó contigo, que si te quiere invitar, que si será será, hasta hartarme de verdad el personaje.

Mientras tanto, el invierno pasó, y en él descubrí la calma estando sola. Mis manías a salvo del punto de mira, poder ir despacio o deprisa y no esperar nada.

Y es ahí, justo en ese punto, cuando te relajas y no esperas nada, cuando suceden las cosas: un miércoles de febrero estalló un mensaje suyo en mi teléfono como una bomba.

“Hola, perdona que te escriba sin haberme dado tu teléfono…” así empezaba la conversación clara como el agua, directa, y muy prometedora.

Con guasa y con ritmo acepté su invitación para vernos, y más que prepararme para una cita, me preparé para una guerra porque mi estrategia era darle en toda la cara con un NOMEINTERESAS. Mearme encima vamos. Y cantarle las cuarenta al hombre guapo.

Llegó tarde y yo temprano.

Y en cuatro Martinis se me fue de las manos.

No calculé la envergadura del hombre espectáculo.

Y nos besamos.

Y con los besos y las horas me olvidé del hombre anuncio y empecé a conocer al hombre de verdad que tenía en mi boca.

Los besos me desarmaron, me libraron de una guerra, pero reventaron mi cruzada por partirle la cara, y me acabaron atando.

No calculé el porrazo.

Y se me escapó quererle apenas verle.

Y ahora, meses después de que llegara tarde y yo temprano, duerme a mi lado, y le observo mientras duerme.

Le abrazo.

Me abraza.

Lo hace tan fuerte que creo que me va a partir en dos.

Le miro fijamente.

El me mira fijamente, y se queda callado.

Nos miramos, y no hablamos.

Todo es claro.

El amor es claro.

No hacen falta nombres con que decir las cosas.

Pasa el tiempo, y todo sobra.

Y su verdad me traspasa, va más allá de mí, y allí me enseña a sentir lo que no he sentido nunca.

Quizás yo tenga la culpa.

Le sigo, me fío.

Él tira de mí, y yo me deslizo.

Me atrapa, me engancha, me agarra y me da cobijo.

Me duermo en su pecho y allí mismo me quiero despertar por la mañana.

Le cojo de la mano y su fuerza me hace ir más rápido, sabiendo que vivo, y hago lo que hago y escribo lo que escribo porque le llevo y me lleva cogida de su mano, mientras pienso: no te sueltes nunca.

Y ahora estoy montada en un tren sin paradas, llena de ganas, sin conocer el destino y con él quiero hacer el viaje más largo.

No tengo miedo, y aunque no se ir despacio, no tengo prisa.

A veces miro atrás y pienso en las vueltas que da la vida.

Hace cinco años lo perdí todo. O casi todo.

Quise desaparecer, supe por primera vez qué es perder, perder de verdad, y lo que duele.

Me quedé sin ganas, sin fuerza, sin esperanza. Y me apagué del todo. O casi todo.

Sólo mi hijo de un año logró tirar de mí cada mañana.

Me refugié en Dios, un Dios que se callaba.

De todo ese tiempo sólo recuerdo tristeza, un dolor salvaje y un increíble desgaste.

Pero el tiempo cura aunque no quieras curarte.

La vida empuja.

Y aprendes a volver a empezar y agarrarte al lado bueno de las cosas.

Y poco a poco me fui rearmando y recuperando a mis tres primas: la esperanza, la fuerza y las ganas.

Y hoy, hoy vivo feliz al lado del hombre cuya foto me dio tanto coraje, el hombre anuncio que tuve en mi boca, el que se me escapó quererle nada más verle.

Así suceden las cosas, te levantas un buen día y el amor te toca.

Está ahí fuera, en la calle donde vives, a la vuelta de tu esquina, esperándote a que pases y cuando pasas, te arrolla. Con él te quedas sin aliento, sin pasado, sin memoria y no hay quien lo pare.

Hace unos días, mi Dios, el Dios de las pequeñas cosas, el que se callaba entonces, me habla y me bendice ahora: estoy esperando un hijo del hombre que ha cambiado el curso de mi vida y de esta historia.

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